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Cultura Punk en Medellín

Sentir Pensar Punk (Webdoc)

Realizadores: Víctor Hugo Jiménez Durango, Ricargo Gómez Echeverri y Juan Fernando Subero

Sinopsis: Sentir Pensar Punk es un seriado web documental que explora el espíritu del punk en Medellín como forma de vida, pensamiento crítico, música, resistencia cultural y práctica creativa. Cada capítulo se adentra en las experiencias de personas claves de Medellín y Valle de Aburrá: bandas, colectivos, creadoras y creadores que han construido territorios de libertad desde la autogestión, el ruido, la disidencia y la comunidad.

El seriado hace parte del proyecto Hazlo Tú Mismo. Economía Punk Medellín, una investigación–creación que sistematiza 40 años del punk, que como cultura ha generado redes de economía alternativa y gestión cultural independiente en la ciudad: producción musical, circulación de fanzines, espacios autogestionados, edición, gráfica, vestuario, festivales y opciones de vida que sostienen una escena viva, diversa y desafiante.
A través de testimonios, archivos y memorias, el seriado audiovisual muestra el punk como una fuerza que transforma, une, cuestiona y crea futuro. Es un recorrido por las luchas, alegrías, contradicciones y potencias de una cultura que no se detiene y que sigue creando mundo desde abajo, entre todxs.
Año: 2025
Narrativas transmedia (Episodio 0) Sinopsis: Historias punk sin punto final. En este capítulo, la presentación de las narrativas transmedia y la periodización en la que se basa el seriado. Construyamos memorias en diálogo. Volverse punk (Episodio 1) Sinopsis: En esta cápsula audiovisual rendimos homenaje a Faber López y Joaquín Vasco, dos representantes de la escena, quienes nos cuentan cómo llegaron al punk, que significa el Hazlo Tu Mismx y anécdotas que les sucedieron entre 1985-1989, cuando el punk era de galladas, notas y barrios. Medellín ciudad punk (Episodio 2) Sinopsis: En esta cápsula audiovisual, Piedad Castro y Fabio Garrido, dos referentes de la escena, nos hablan de comienzos de los noventa (1990-1994), el Hazlo Tu Mismx y las migraciones nómadas punk que ocupan otros territorios de la ciudad.
Radios punk (Episodio 3) Sinopsis: En esta cápsula audiovisual Mónica Moreno de I.R.A. y Jorge Valencia de Suburbia, comparten su visión del punk, como viven el Hazlo Tú Mismx y el contexto de una generación dividida en diversas frecuencias con nuevos altavoces. Horizontes punk (Episodio 4) Sinopsis: En esta capsula audiovisual Carolina Montoya y Juan David Villegas (Winny), reflexionan sobre el punk en sus vidas, el Hazlo Tú Mismx y acontecimientos que les marcaron en medio de la rotunda escisión de la escena en el cambio de siglo. Puentes punk (Episodio 5) Sinopsis: En esta capsula audiovisual Analú La Feral y Camilo Gaviria “PUGA”, narran su llegada a la escena, cómo experimentan el Hazlo Tú Mismx y algunas de sus vivencias alrededor del punk como actitud ante un gusto musical (estética) profesional. 33 1/3 (micro) revoluciones punk (Episodio 6) Sinopsis: En esta capsula audiovisual Yuliana Rodríguez y Angela Torres nos cuentan sus relaciones con el punk, los significados que le dan al Hazlo Tú Mismx e historias que mezclan cultura libre e industria musical.

La historia siempre empieza por el final

El ciclo cierra en Medellín y el Valle de Aburrá, avanzando hacía el futuro. Sentir Pensar Punk, el seriado web del archivo Hazlo Tú Mismx, reúne siete cápsulas: una que presenta las narrativas transmedia del propio proyecto, y seis dedicadas a seis períodos en los que se ha historizado la escena, construidos con testimonios directos de quienes la protagonizaron y material de archivo. Es la misma posición que ya había ensayado México y Argentina en sus documentales —ni la mirada externa del periodista ni el simple testimonio suelto, sino un dispositivo intermedial que se explica a sí mismo—, solo que aquí ese dispositivo no pertenece a un director, sino a la plataforma entera.

El material con el que están hechas esas cápsulas es, otra vez, el que Botinada enseñó a tomar en serio desde la primera sesión: fotografías, publicaciones no periódicas —fanzines, volantes, todo lo que nunca fue disco pero sostuvo la escena tanto como los discos—, registros de video de eventos, actores y escenarios propios de cada momento, más imágenes de archivo de videos crudos de canales amateur para el contexto histórico general. Nada de esto es música. Todo esto es lo que queda cuando la música va a sonar o ya sonó.

Hay un gesto más interesante de las cápsulas, que tiene que ver con los archivos conexos en siete listas de reproducción que las acompañan. Las primeras seis reúnen registros hechos durante cada período, en su propio tiempo. La séptima, la que cubre 2019 a 2025, no cierra la serie: la abre. Aquí se usa como primera. Es una inversión pequeña pero decisiva, porque es exactamente lo contrario del gesto que veníamos notando en los documentales de Brasil, Perú y Chile —esa manera de hablar del punk como de algo ya terminado, mirado desde después de su declive—. Empezar por lo más reciente es negarse a contar esta historia desde el final. Es decir, antes de cualquier otra cosa: esto sigue pasando ahora, y solo después vamos a ver de dónde viene.

Cada uno de esos registros, periodo por periodo, deja ver algo que ninguna síntesis puede reemplazar: las prácticas predominantes de la escena, el estilo que se impuso en cada momento, la materialidad concreta de los espacios donde todo esto ocurrió. No es repositorio pensado solo para mirar hacia atrás —está hecho, dice el propio proyecto, tanto para quienes hacen parte de la escena hoy como para quienes la van a investigar mañana—. Presente y futuro, en la misma frase, sin pasado que los separe.

Después de recorrer São Paulo, Lima, Santiago, Buenos Aires y Ciudad de México —mapas prestados de escenas que tuvieron que pelear, cruzar fronteras o esperar a que el mercado las alcanzara— el ciclo no termina resumiendo lo que se vio. Termina devolviendo esa misma mirada sobre la ciudad que ha estado mirando todo este tiempo. Sur-terráneo prometía, desde su nombre, una cartografía que corría por debajo, conectando sur con sur. Sentir Pensar Punk es el punto exacto donde ese túnel sale a la superficie en casa, y sale empezando por la tierra que todavía se está removiendo.

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Cultura Punk en Medellín

México Capital Punk, la historia NO definitiva del punk mexicano 


Director: Lalo Cráneo
Sinópsis: Documental que ofrece un panorama general de la historia del punk en México. Explora los orígenes y evolución del movimiento punk a través de las voces y experiencias de sus protagonistas. El documental aborda temáticas como la aparición de las primeras bandas, la evolución del estilo y la vestimenta, la relación de la escena punk con movimientos sociales y políticos, y la represión policial que ha enfrentado.
Año: 2016


La frontera se cruza dos veces

México Capital Punk nació como tesis de grado —se filmó entre 2015 y 2016, se estrenó en 2017— y terminó siendo otra cosa: un documental dirigido por Eduardo Gómez, "Lalo Cráneo", que no habla desde la academia ni desde la pura militancia de escena, sino desde un lugar intermedial, interticial. No es la mirada externa de un periodista ni el testimonio puro de quien solo vivió la escena: es la mirada de un punk que además hizo el camino académico, y que usa esas herramientas para analizar sistemáticamente un mundo al que pertenece de origen. Si en la sesión anterior la clave era que el relato viniera de adentro, aquí el relato viene de adentro y además sabe nombrarse a sí mismo. Es una frontera que este documental cruza antes de que empiece siquiera a hablar de fronteras.

Y habla, sobre todo, de una frontera literal. Hasta ahora, en Brasil, Perú y Chile, el patrón se repetía: quienes tenían acceso temprano al punk eran las clases media y alta, las que podían viajar. México rompe ese guion porque comparte límite con Estados Unidos, y fueron jóvenes de sectores populares —los que cruzaban como mojados, trabajaban del otro lado y volvían cada diciembre— quienes trajeron la música de primera mano, no las élites. Conocían la movida subterránea gringa desde adentro, por ser también clase trabajadora allá, y la repartieron entre los suyos al volver. La ironía es que las primeras bandas mexicanas de los 70 siguieron siendo de clase media y alta, porque seguían siendo los únicos con acceso a instrumentos y formación técnica: la frontera cambió quién traía la música, pero no de inmediato quién podía tocarla.

El resto de la cronología confirma esa cercanía geográfica como motor: la escena subterránea se consolida a comienzos de los 80, y Tijuana —con bandas como Solución Mortal— tiene acceso directo a la cultura punk de California y se vuelve, además, puerta de entrada para los fanzines. La frontera vuelve a aparecer, esta vez adentro del propio país. Después viene el terremoto de 1985, que en lugar de dispersar la escena la consolida: se arman redes, colectivos y pandillas grandes a partir de la misma precariedad que el desastre dejó al descubierto. Es el mismo patrón que ya vimos en Brasil y aquí en Medellín: donde a falta infraestructura, la escena construye la suya.

También construyó su propia estética a partir de lo que sobraba: ropa de basurero y de segunda mano, personalizada con pintura de tela y accesorios propios, en un ejercicio de bricolaje que reinventó el punk del primer mundo con material residual del propio barrio (Algunos adoptaron también prácticas autolesivas asociadas al punk británico, parte de un paquete estético que llegó junto con la música). La represión policial y la estigmatización del rock —agravada, en el caso del punk, por las políticas de control de pandillas y la consideración como la basura de la sociedad— empujaron a estas primeras generaciones hacia la organización y la politización, el mismo camino de los punks en otras latitudes. El Museo del Chopo, junto al tianguis que todavía funciona en Ciudad de México, les dio un espacio institucional sin quitarles su carácter alternativo, y ayudó a consolidar procesos organizativos que ya venían de las auto publicaciones, periódicos y fanzines.

Ahí está, quizás, lo más interesante de esta sesión: los fanzines circulaban información y tejieron una red continental. La revista Amor y Rabia articuló escenas punk de toda América Latina; la campaña de boicot a los 500 años del mal llamado "descubrimiento" fortaleció esos lazos; colectivos como Cambio Radical Fuerza Positiva conectaron las escenas locales dentro de México. Y en esa misma conversación sobre fanzines, el documental se detiene en la cultura del Hazlo Tú Mismx y su peso histórico en la escena. Lo que describe esta película es la historia de una escena que ya estaba tejiendo, con sus propias manos y sin esperar a nadie, la misma cartografía continental que este ciclo intenta trazar hoy desde una pantalla.

México cruzó la frontera dos veces: primero para traer el punk hasta acá, después para poder contarlo con las herramientas de las comunicaciones y las humanidades sin dejar de hablar desde adentro. Las dos veces, cruzar fue un gesto artístico, estético y político.

Cultura Punk en Medellín

El Parakultural (1986-1990)

 
Dirección: Natalia Villegas y Rucu Zárate
Sinópsis: Documental sobre El Parakultural, el mítico lugar de la escena under post-dictadura de Buenos Aires, Argentina. Este teatro era un lugar que nunca tuvo requisitos para ingresar, estaba abierto para todo el público. Cobijó a freaks y marginales, y alentó una producción cultural que nunca hubiera tenido otro lugar más que ahí. Se convirtió en uno de los principales epicentros del punk porteño en la segunda mitad de los 80, con el regreso de la democracia. 
Año: 2021


Lo subterráneo que no cerró

Todas las sesiones anteriores de este ciclo recorrieron una ciudad para explicar cómo nació una escena: muchos espacios, muchas bandas, muchos actores cruzándose en un mismo mapa. Esta sesión hace justo lo contrario. En 1986, Omar Viola y Horacio Gabin alquilaron un sótano en la calle Venezuela 336 para que actores como Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese o Las Gambas al Ajillo tuvieran dónde probar de noche. La escena llegó después, casi por accidente, cuando decidieron invitar público a esos ensayos. Es la misma lección que ya había dejado Botinada en la primera sesión: alguien tiene que abrir la puerta antes de que exista una escena que la cruce. Lo que en Brasil hicieron los organizadores de conciertos y los dueños de estudio, en Buenos Aires lo hicieron dos personas que solo querían un lugar para ensayar teatro.

Ese sótano se volvió, en plena resaca de la dictadura y estreno de la democracia, el paradigma de la cultura underground porteña: teatro, rock, artes plásticas no convencionales y bandas de punk conviviendo bajo el mismo techo húmedo. El punk tenía su propio horario, heredado del Café Einstein: los domingos, bajo el nombre de "Domingos Paramusicales", tocaban Los Violadores, Todos Tus Muertos, Comando Suicida, Flema, Los Corrosivos, mientras Sumo rondaba el lugar con Luca Prodan como habitué y el propio Gabin salía a tocar con su banda improvisada de punk. El metal, en cambio, apenas tuvo un lugar: una sola noche, en diciembre de ese año, tocó V8, y quedó en la memoria como uno de los shows más intensos que se recuerdan (al punto de que el público arrancó las rejas de las ventanas para poder entrar).

El Parakultural no se pensó para el punk. Nació como espacio para excluidos y fue el punk el que lo tomó como propio, sumándose a una diversidad musical que convivía sin demasiada jerarquía entre géneros. Ahí aparece, de hecho, el parentesco más inesperado con Medellín: el circo callejero y el clown, prácticas que rara vez se nombran junto al punk pero que comparten con él el mismo territorio de precariedad, cuerpo expuesto y confrontación directa con un público que puede aplaudir o irse. Un parentesco que en Medellín también existe, aunque casi nunca se lo señale.

Hay algo que este sótano tiene y que las escenas de Lima o Santiago, según lo que vimos, no tenían en la misma medida: cuerpos que se ponían en juego más allá de la música. Las Gambas al Ajillo eran cuatro mujeres al frente de un espacio donde la presencia femenina, lejos de ser mínima, fue protagónica; y el trío que formaban Barea, Urdapilleta y Tortonese hacía de la puesta en escena de géneros no binarios y sexualidades disidentes el centro mismo de su propuesta. Si en Lima el puente fue entre estratos, en el Parakultural el puente fue entre el cuerpo que actúa y el cuerpo que mira: terminada la función, artistas y público se abrazaban en el mismo sótano.

A diferencia de los documentales anteriores, el punk es algo vivo, cambiando, latiendo. El local de Venezuela cerró en 1990 cuando el sindicato de porteros compró el edificio; el Parakultural, en cambio, no cerró: mutó. Pasó por el Galpón del Sur y por un "New Border" en Chacabuco, sobrevivió a la muerte de Batato Barea en 1991, y en algún momento sus fundadores descubrieron el tango. Hoy, casi cuarenta años después de aquel sótano, la Milonga del Parakultural sigue funcionando en Salón Canning y su pista es considerada una de las mejores de Buenos Aires para bailar. "Me hago mierda, pero llego", gritaba Omar Viola arriba de ese escenario: la frase podría ser el lema de una escena que nunca terminó de cerrar, solo cambió de ritmo.

Esa es, quizás, la diferencia de fondo con Brasil, Perú y Chile. Aquellos documentales narraban escenas que la propia historia había clausurado —el declive comercial, el cambio de siglo, la pérdida de interés—, y por eso hablaban desde la nostalgia. Este, en cambio, está armado con el testimonio directo de quienes todavía pueden contarlo: Omar Viola, Horacio Gabin, Fernando Noy, Leo de Cecco de Attaque 77, Félix Gutiérrez de Todos Tus Muertos, entre otros, hablando en primera persona frente a cámara. Es, sin proponérselo, la historia oral presente. Y es también, sin proponérselo, la prueba de que lo subterráneo —lo sur-terráneo— no necesita morir para seguir existiendo: le basta con cambiar de nombre. En suma, lo que distingue a este documental es ese el relato construido por la propia gente que hizo la escena: sus valores, sus conflictos, sus dudas.

Esa mirada interna es la que permite ver algo que ningún documental del ciclo había puesto en el centro: la cultura under como un asunto entre amigos antes que entre cliente y proveedor. Ahí no había contratos, había comunidad; y esa lógica se extendía incluso a quienes, en la práctica, terminaban actuando como empresarios de la cultura, sostenida por una ética horizontal con las bandas que llegó a organizarse formalmente, como en la cooperativa de clowns que el propio grupo fundador construyó. Es un rasgo que se reconoce de cerca: lo cooperativo y lo colectivo, tan interiorizado en el trabajo cultural subterráneo de Buenos Aires, sigue visible años después en 2005, por ejemplo, en una cooperativa de bandas armándose con la misma lógica en la capital de Argentina.

Al final, el documental no necesita contextualizar, sino aprovechar todos esos vestigios de video que se hicieron sin pretender que serian las piezas para contar una historia completa: le basta con quedarse en los archivos para ver pasar a la gente, las bandas, los conflictos, los géneros que se cruzan y a veces se pelean. Este documental se queda en un solo sótano porteño y deja que sea el tiempo y la palabra, los que haga el recorrido.

Cultura Punk en Medellín

Cassete (Chile) y Sucedió en Perú 


Casette: Historia de la música chilena - Pank 
Director: Juan Guillermo Prado.
Sinopsis: Historia de la música chilena fue una serie televisiva emitida en 2016 por la televisión nacional chilena. Buscaba indagar por la historia reciente de la música en Chile, mediante testimonios de sus protagonistas. El capítulo 1 está dedicado al surgimiento de la escena punk en Santiago. Las circunstancias históricas en las que se da el fenómeno, en medio de la dictadura. Las limitaciones que lo determinaron y los matices que desarrolló la escena a partir de este contexto.
Año: 2016

 
Sucedió en Perú: Movida subterránea
Director: Gonzalo Torres.
Sinopsis: Sucedió en el Perú es una serie dedicada a la historia del Perú producida por la televisión pública peruena. El capítulo 1 de la temporada de 2024 está dedicado a la escena del Rock Subterráneo, que es la forma como se conoció la movida limeña inspirada por el punk en la segunda mitad de la década de 1980. El programa analiza el carácter contracultural de la escena, sus principales bandas y algunas de las banderas que agitaban.
Año: 2024


Lima y Santiago: los puentes que Medellín no tuvo

En Lima, el rock subterráneo cumplió una función que ninguna institución cumplía: tender un puente entre el estrato 5 y el estrato 2, para usar la nomenclatura que también nos sirve en Medellín, en una ciudad sin muchos espacios donde esas dos vidas pudieran cruzarse. En Santiago, el puente fue de otro tipo, pero igual de literal: en un lugar como El Trole convivían la música, el teatro, el performance, la pintura y la literatura, unidos no por un género sino por la militancia antidictadura. En los dos casos la escena fue, antes que nada, infraestructura: se construyó donde el estado no había construido nada. Es el mismo argumento que dejó Botinada en la primera sesión —hacer la escena como acto tan importante como tocar en ella— confirmado ahora desde dos ciudades distintas.

El caso peruano tiene además una genealogía que resulta familiar: Leuzemia como primera banda de una escena y Anarquía como banda de covers pionera en la difusión del género, en dos tiempos que recuerdan, salvando las distancias, la diferencia medellinense entre Complot y Mutantex. La diferencia es que en Lima esa genealogía tenía detrás una movida rockera más sólida y continua, mientras que en Medellín el rock de los 70 se había apagado casi del todo. En lo demás, el parecido es casi exacto al de Colombia antes de la globalización: poco acceso a la información, el casete como formato dominante, discos hechos por las mismas bandas y no por sellos, cassettes que llegaban por correo de a uno o dos y que sus destinatarios convertían en una especie de militancia cultural. Y detrás de todo eso, un conflicto armado —Sendero Luminoso, el MRTA— que le daba a la escena limeña una urgencia que también conocemos.

Pero ahí donde las condiciones se parecen, el destino institucional se separa. Lima es una ciudad más grande que Bogotá, con una actividad cultural que alcanzó a los grupos subterráneos desde los años 80: salían en radio, salían en prensa, y hasta hubo marcas y sellos privados dispuestos a apostarle al fenómeno. Nunca hubo un equivalente colombiano de Vans. El puente limeño, con el tiempo, terminó conectando el sótano con el mercado. En Medellín esa conexión con radio y prensa solo llegó en los 90, y nunca de la mano de una marca.

Santiago ofrece una variación distinta del mismo problema. Ahí la escena nació también bajo dictadura, lo que le dio una identidad que se definió menos por el sonido —circulaban ska, post punk, punk, hardcore, new wave, todo junto, todo Hazlo Tú Mismo— y más por la postura. Es notable que cuando el punk chileno intentó acercarse a la izquierda, esta lo rechazó por considerarlo una "expresión imperialista", como si todo el rock fuera, por definición, de Estados Unidos: la escena más beligerante contra el régimen fue leída, por sus aliados naturales, como enemiga extranjera. Ese rechazo tuvo su espejo generacional en la ruptura con la tradición musical de los padres —la nueva canción y la música latinoamericana en Chile, la música tropical en Colombia—, la misma pelea repetida con distintos nombres. Con la caída de la dictadura en los 90, el hardcore se volvió dominante, los espacios diversos de la segunda mitad de los 80 se especializaron, y llegó cierto éxito comercial: contratos, medios masivos, y con ellos un giro estético en el que algunos músicos llegaron a decir que su música no tenía nada que ver con los Ramones. Si en Lima el puente conectó el sótano con el mercado, en Santiago hubo que renunciar al nombre para cruzarlo.

Los dos documentales comparten, además, el mismo gesto de cierre que ya se notaba en Botinada: hablan del punk como de un fenómeno terminado, con un tono nostálgico que pierde todo interés apenas llega el declive comercial, como si estuvieran narrando algo muerto. El de Lima añade otra ausencia, más silenciosa: una presencia femenina mínima, aunque las pocas mujeres que participaron dejaron una huella importante que el propio relato apenas se detiene a nombrar. Hay entonces dos tipos de cierre operando a la vez —el temporal y el de género— y los dos dejan afuera exactamente lo que un ciclo como este querría recuperar.

Que las dos escenas se reivindiquen explícitamente como hijas del Hazlo Tú Mismo no es un detalle menor para el colectivo que programa esta sesión desde una plataforma que lleva ese nombre. Proyectar estos documentales es mirarnos al espejo para discutir finales y desde ir abriendo los ojos punk del futuro.

Cultura Punk en Medellín

Botinada: la historia del punk de Brasil

Director: Gastão Moreira
Sinopsis: "Botinada" es un documental dirigido por Gastão Moreira, un ex-VJ de MTV. La película muestra el surgimiento de la escena punk en Brasil durante las décadas de 1970 y 1980, por medio de testimonios del movimiento en Sao Paulo, la llegada de los primeros vinilos y casetes, la realización de los primeros conciertos, y las bandas que dieron inicio a la escena musical del país carioca.
Año: 2006

Geografías de un desfase

Botinada cuenta la historia del punk brasileño a través de los que montaban los conciertos, los que prestaban el estudio casero, los coleccionistas, las agrupaciones musicales y los que armaban las redes que sostenían una escena antes de que existiera una industria que la sostuviera. Es una decisión metodológica para un argumento historiográfico: hacer la escena importa tanto como tocar en ella. Y es exactamente el punto donde el documental empieza a hablarle a Medellín, cuarenta años después.

La primera coincidencia es territorial. El filme insiste en la diferencia entre São Paulo y el ABC —el cinturón industrial y obrero alrededor de la capital, con su propia tradición sindical—, una distinción que cualquiera que conozca el área metropolitana de Medellín reconoce de inmediato en la diferencia entre la ciudad y sectores como Envigado, Itagüí o Bello. El punk, antes de ser un fenómeno político, fue un fenómeno de geografía de clase: nació en los barrios obreros y populares, cerca a las fábricas, no donde estaba el teatro.

Sobre esa base territorial se montan las coincidencias materiales: la dificultad para conseguir información, el costo prohibitivo de los instrumentos, grabaciones hechas con equipos precarios por músicos sin formación, discos financiados "con una vaca" antes de que existieran sellos dispuestos a arriesgarse. Incluso la identidad pandillera y territorial de los primeros punks —tan marcada en ambos contextos— tiene un origen curiosamente cinematográfico: la influencia desproporcionada de Los Guerreros (The Warriors) sobre unos adolescentes que, sin mucho más referente, tomaron de una película sobre pandillas neoyorquinas su primer modelo de pertenencia. Y en los dos países esa pertenencia temprana se topó pronto con la policía.

Pero ahí donde las condiciones materiales se parecen, los tiempos se separan. Brasil tuvo contacto directo y temprano con la cultura europea, una tradición de rock que nunca dejó de tener mercado, mejor infraestructura de estudios y salas diseñadas para tocar en vivo, radio que programaba lo propio. Medellín, en cambio, permaneció aislada de los circuitos internacionales de intercambio —casetes, fanzines— hasta entrados los años noventa, cuando la globalización terminó por abrir lo que la radio local nunca abrió, ocupada como estaba con las listas de popularidad de Estados Unidos e Inglaterra. De esa desconexión salió una infraestructura propia: el concierto de cancha, todavía vigente en la ciudad, como respuesta a la ausencia de escenarios pensados para la música en vivo.

Ese desfase no es un detalle cronológico: es lo que explica la forma que tomó cada escena. En Brasil el punk fue una explosión breve —a mediados de los 80 ya estaba en crisis, y la llegada del hardcore, que empujó a varios grupos hacia el metal, se sintió como una ruptura real con lo que había antes. En Medellín, donde el punk se instaló despacio, el hardcore no rompió nada: muchos de sus primeros exponentes venían del metal, y la transición se vivió como continuidad, no como corte. La tensión entre continuidad y ruptura que atraviesa la historia del punk en cualquier latitud —esa pelea interna entre quienes defendían la tradición y quienes buscaban romperla, tan visible en Inglaterra y Estados Unidos— se resuelve distinto cuando la escena misma llegó fuera de tiempo: no hay ortodoxia que traicionar cuando apenas se está entrando.

Hay un último hilo que el documental no persigue, pero que la conversación alrededor suyo sí abrió: la manera en que la historiografía del punk sigue autorizándose desde el centro incluso cuando el hecho musical ocurrió en la periferia. Los Saicos grabaron en Lima a mediados de los años sesenta, más de una década antes de que Londres y Nueva York fijaran la fecha oficial del género, y aun así, buena parte de su reconocimiento como "los primeros punks del mundo" llegó después, filtrado y legitimado por una prensa anglosajona que los redescubrió, los tradujo y, en cierto sentido, los volvió a inventar. El punk evidenció ahí lo complejo de las relaciones centro-periferia: incluso cuando el sur llegó primero, necesitó que el norte lo certificara.

Cultura Punk en Medellín

Sur-terráneo

Seis historias del punk en América Latina

En 2026 se cumplen 40 años del punk en Medellín. Para conmemorar este proceso cultural, el proyecto HTM - Hazlo Tú Mismx propone el cine como dispositivo de encuentro y cuestionamiento. Sur-terráneo —palabra que funde el sur geográfico con lo subterráneo, la coordenada continental con la ética del underground— es un ciclo de cine que traza una cartografía alterna de América Latina: no la de las capitales culturales oficiales, sino la de los sótanos, los garajes, las radios pirata y los casetes que circularon de mano en mano cuando ningún archivo institucional se ocupaba de guardar esas memorias.

A través de documentales y registros audiovisuales, se hace un recorrido por distintas ciudades y contextos donde el punk se desarrolló como una forma de expresión cultural, política y estética. Desde Brasil hasta México, pasando por Perú, Chile y Argentina, cada sesión permitirá conocer las condiciones sociales, los espacios culturales y las redes de actores que hicieron posible el surgimiento de estas escenas.

El ciclo culmina con una maratón audiovisual dedicada al punk en Medellín, compuesta por las cápsulas de la serie web del archivo HTM – Hazlo Tú Mismx, como una forma de conectar estas historias latinoamericanas con la memoria local de la ciudad.

Cada sesión incluirá material audiovisual del archivo HTM, como una manera de compartir los contenidos de la plataforma sobre la escena local.

Programación

Sesión 1 – Brasil Botinada: A origem do punk no Brasil. El documental reconstruye el estallido paulista de los años 80, cuando el punk brasileño encontró en la periferia de São Paulo su primer territorio.

Sesión 2 – Perú / Chile Sucedió en el Perú: Movida Subterránea + Cassette: Historia de la música chilena – Pank. Dos registros televisivos, dos memorias nacionales que documentan cómo el punk se abrió paso en Lima y Santiago, muchas veces a contracorriente de las propias cámaras que los grababan.

Sesión 3 – Argentina El Parakultural. El mítico espacio porteño que, tras la dictadura, se convirtió en refugio y detonante de múltiples escenas artísticas y musicales —el punk entre ellas— protagoniza este documental sobre la reconstrucción cultural de una ciudad que necesitaba, literalmente, un lugar para gritar.

Sesión 4 – México México Capital Punk. La historia y expansión de la escena punk en Ciudad de México, contada desde adentro.

Sesión 5 – Medellín Maratón HTM. El ciclo cierra donde empezó: en casa. Las cápsulas audiovisuales de la serie web Hazlo Tú Mismx —el archivo propio, hecho con las mismas manos que hicieron la escena— conectan las cuatro historias latinoamericanas anteriores con la memoria local del punk en Medellín.

Sur-terráneo insiste en una idea que atraviesa buena parte de las prácticas de archivo autogestionado en América Latina: lo subterráneo no es lo que falta, es lo que se construyó aparte, con otras herramientas, para que no dependiera de nadie más. Cuarenta años después, Latinoamérica y Medellín tienen su propio rastro, su propia huella.