Botinada: la historia del punk de Brasil
Geografías de un desfase
La primera coincidencia es territorial. El filme insiste en la diferencia entre São Paulo y el ABC —el cinturón industrial y obrero alrededor de la capital, con su propia tradición sindical—, una distinción que cualquiera que conozca el área metropolitana de Medellín reconoce de inmediato en la diferencia entre la ciudad y sectores como Envigado, Itagüí o Bello. El punk, antes de ser un fenómeno político, fue un fenómeno de geografía de clase: nació en los barrios obreros y populares, cerca a las fábricas, no donde estaba el teatro.
Sobre esa base territorial se montan las coincidencias materiales: la dificultad para conseguir información, el costo prohibitivo de los instrumentos, grabaciones hechas con equipos precarios por músicos sin formación, discos financiados "con una vaca" antes de que existieran sellos dispuestos a arriesgarse. Incluso la identidad pandillera y territorial de los primeros punks —tan marcada en ambos contextos— tiene un origen curiosamente cinematográfico: la influencia desproporcionada de Los Guerreros (The Warriors) sobre unos adolescentes que, sin mucho más referente, tomaron de una película sobre pandillas neoyorquinas su primer modelo de pertenencia. Y en los dos países esa pertenencia temprana se topó pronto con la policía.
Pero ahí donde las condiciones materiales se parecen, los tiempos se separan. Brasil tuvo contacto directo y temprano con la cultura europea, una tradición de rock que nunca dejó de tener mercado, mejor infraestructura de estudios y salas diseñadas para tocar en vivo, radio que programaba lo propio. Medellín, en cambio, permaneció aislada de los circuitos internacionales de intercambio —casetes, fanzines— hasta entrados los años noventa, cuando la globalización terminó por abrir lo que la radio local nunca abrió, ocupada como estaba con las listas de popularidad de Estados Unidos e Inglaterra. De esa desconexión salió una infraestructura propia: el concierto de cancha, todavía vigente en la ciudad, como respuesta a la ausencia de escenarios pensados para la música en vivo.
Ese desfase no es un detalle cronológico: es lo que explica la forma que tomó cada escena. En Brasil el punk fue una explosión breve —a mediados de los 80 ya estaba en crisis, y la llegada del hardcore, que empujó a varios grupos hacia el metal, se sintió como una ruptura real con lo que había antes. En Medellín, donde el punk se instaló despacio, el hardcore no rompió nada: muchos de sus primeros exponentes venían del metal, y la transición se vivió como continuidad, no como corte. La tensión entre continuidad y ruptura que atraviesa la historia del punk en cualquier latitud —esa pelea interna entre quienes defendían la tradición y quienes buscaban romperla, tan visible en Inglaterra y Estados Unidos— se resuelve distinto cuando la escena misma llegó fuera de tiempo: no hay ortodoxia que traicionar cuando apenas se está entrando.
Hay un último hilo que el documental no persigue, pero que la conversación alrededor suyo sí abrió: la manera en que la historiografía del punk sigue autorizándose desde el centro incluso cuando el hecho musical ocurrió en la periferia. Los Saicos grabaron en Lima a mediados de los años sesenta, más de una década antes de que Londres y Nueva York fijaran la fecha oficial del género, y aun así, buena parte de su reconocimiento como "los primeros punks del mundo" llegó después, filtrado y legitimado por una prensa anglosajona que los redescubrió, los tradujo y, en cierto sentido, los volvió a inventar. El punk evidenció ahí lo complejo de las relaciones centro-periferia: incluso cuando el sur llegó primero, necesitó que el norte lo certificara.