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Cultura Punk en Medellín

El Parakultural (1986-1990)

 
Dirección: Natalia Villegas y Rucu Zárate
Sinópsis: Documental sobre El Parakultural, el mítico lugar de la escena under post-dictadura de Buenos Aires, Argentina. Este teatro era un lugar que nunca tuvo requisitos para ingresar, estaba abierto para todo el público. Cobijó a freaks y marginales, y alentó una producción cultural que nunca hubiera tenido otro lugar más que ahí. Se convirtió en uno de los principales epicentros del punk porteño en la segunda mitad de los 80, con el regreso de la democracia. 
Año: 2021


Lo subterráneo que no cerró

Todas las sesiones anteriores de este ciclo recorrieron una ciudad para explicar cómo nació una escena: muchos espacios, muchas bandas, muchos actores cruzándose en un mismo mapa. Esta sesión hace justo lo contrario. En 1986, Omar Viola y Horacio Gabin alquilaron un sótano en la calle Venezuela 336 para que actores como Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese o Las Gambas al Ajillo tuvieran dónde probar de noche. La escena llegó después, casi por accidente, cuando decidieron invitar público a esos ensayos. Es la misma lección que ya había dejado Botinada en la primera sesión: alguien tiene que abrir la puerta antes de que exista una escena que la cruce. Lo que en Brasil hicieron los organizadores de conciertos y los dueños de estudio, en Buenos Aires lo hicieron dos personas que solo querían un lugar para ensayar teatro.

Ese sótano se volvió, en plena resaca de la dictadura y estreno de la democracia, el paradigma de la cultura underground porteña: teatro, rock, artes plásticas no convencionales y bandas de punk conviviendo bajo el mismo techo húmedo. El punk tenía su propio horario, heredado del Café Einstein: los domingos, bajo el nombre de "Domingos Paramusicales", tocaban Los Violadores, Todos Tus Muertos, Comando Suicida, Flema, Los Corrosivos, mientras Sumo rondaba el lugar con Luca Prodan como habitué y el propio Gabin salía a tocar con su banda improvisada de punk. El metal, en cambio, apenas tuvo un lugar: una sola noche, en diciembre de ese año, tocó V8, y quedó en la memoria como uno de los shows más intensos que se recuerdan (al punto de que el público arrancó las rejas de las ventanas para poder entrar).

El Parakultural no se pensó para el punk. Nació como espacio para excluidos y fue el punk el que lo tomó como propio, sumándose a una diversidad musical que convivía sin demasiada jerarquía entre géneros. Ahí aparece, de hecho, el parentesco más inesperado con Medellín: el circo callejero y el clown, prácticas que rara vez se nombran junto al punk pero que comparten con él el mismo territorio de precariedad, cuerpo expuesto y confrontación directa con un público que puede aplaudir o irse. Un parentesco que en Medellín también existe, aunque casi nunca se lo señale.

Hay algo que este sótano tiene y que las escenas de Lima o Santiago, según lo que vimos, no tenían en la misma medida: cuerpos que se ponían en juego más allá de la música. Las Gambas al Ajillo eran cuatro mujeres al frente de un espacio donde la presencia femenina, lejos de ser mínima, fue protagónica; y el trío que formaban Barea, Urdapilleta y Tortonese hacía de la puesta en escena de géneros no binarios y sexualidades disidentes el centro mismo de su propuesta. Si en Lima el puente fue entre estratos, en el Parakultural el puente fue entre el cuerpo que actúa y el cuerpo que mira: terminada la función, artistas y público se abrazaban en el mismo sótano.

A diferencia de los documentales anteriores, el punk es algo vivo, cambiando, latiendo. El local de Venezuela cerró en 1990 cuando el sindicato de porteros compró el edificio; el Parakultural, en cambio, no cerró: mutó. Pasó por el Galpón del Sur y por un "New Border" en Chacabuco, sobrevivió a la muerte de Batato Barea en 1991, y en algún momento sus fundadores descubrieron el tango. Hoy, casi cuarenta años después de aquel sótano, la Milonga del Parakultural sigue funcionando en Salón Canning y su pista es considerada una de las mejores de Buenos Aires para bailar. "Me hago mierda, pero llego", gritaba Omar Viola arriba de ese escenario: la frase podría ser el lema de una escena que nunca terminó de cerrar, solo cambió de ritmo.

Esa es, quizás, la diferencia de fondo con Brasil, Perú y Chile. Aquellos documentales narraban escenas que la propia historia había clausurado —el declive comercial, el cambio de siglo, la pérdida de interés—, y por eso hablaban desde la nostalgia. Este, en cambio, está armado con el testimonio directo de quienes todavía pueden contarlo: Omar Viola, Horacio Gabin, Fernando Noy, Leo de Cecco de Attaque 77, Félix Gutiérrez de Todos Tus Muertos, entre otros, hablando en primera persona frente a cámara. Es, sin proponérselo, la historia oral presente. Y es también, sin proponérselo, la prueba de que lo subterráneo —lo sur-terráneo— no necesita morir para seguir existiendo: le basta con cambiar de nombre. En suma, lo que distingue a este documental es ese el relato construido por la propia gente que hizo la escena: sus valores, sus conflictos, sus dudas.

Esa mirada interna es la que permite ver algo que ningún documental del ciclo había puesto en el centro: la cultura under como un asunto entre amigos antes que entre cliente y proveedor. Ahí no había contratos, había comunidad; y esa lógica se extendía incluso a quienes, en la práctica, terminaban actuando como empresarios de la cultura, sostenida por una ética horizontal con las bandas que llegó a organizarse formalmente, como en la cooperativa de clowns que el propio grupo fundador construyó. Es un rasgo que se reconoce de cerca: lo cooperativo y lo colectivo, tan interiorizado en el trabajo cultural subterráneo de Buenos Aires, sigue visible años después en 2005, por ejemplo, en una cooperativa de bandas armándose con la misma lógica en la capital de Argentina.

Al final, el documental no necesita contextualizar, sino aprovechar todos esos vestigios de video que se hicieron sin pretender que serian las piezas para contar una historia completa: le basta con quedarse en los archivos para ver pasar a la gente, las bandas, los conflictos, los géneros que se cruzan y a veces se pelean. Este documental se queda en un solo sótano porteño y deja que sea el tiempo y la palabra, los que haga el recorrido.