Cultura Punk en Medellín

Sentir Pensar Punk (Webdoc)

Realizadores: Víctor Hugo Jiménez Durango, Ricargo Gómez Echeverri y Juan Fernando Subero

Sinopsis: Sentir Pensar Punk es un seriado web documental que explora el espíritu del punk en Medellín como forma de vida, pensamiento crítico, música, resistencia cultural y práctica creativa. Cada capítulo se adentra en las experiencias de personas claves de Medellín y Valle de Aburrá: bandas, colectivos, creadoras y creadores que han construido territorios de libertad desde la autogestión, el ruido, la disidencia y la comunidad.

El seriado hace parte del proyecto Hazlo Tú Mismo. Economía Punk Medellín, una investigación–creación que sistematiza 40 años del punk, que como cultura ha generado redes de economía alternativa y gestión cultural independiente en la ciudad: producción musical, circulación de fanzines, espacios autogestionados, edición, gráfica, vestuario, festivales y opciones de vida que sostienen una escena viva, diversa y desafiante.
A través de testimonios, archivos y memorias, el seriado audiovisual muestra el punk como una fuerza que transforma, une, cuestiona y crea futuro. Es un recorrido por las luchas, alegrías, contradicciones y potencias de una cultura que no se detiene y que sigue creando mundo desde abajo, entre todxs.
Año: 2025
Narrativas transmedia (Episodio 0) Sinopsis: Historias punk sin punto final. En este capítulo, la presentación de las narrativas transmedia y la periodización en la que se basa el seriado. Construyamos memorias en diálogo. Volverse punk (Episodio 1) Sinopsis: En esta cápsula audiovisual rendimos homenaje a Faber López y Joaquín Vasco, dos representantes de la escena, quienes nos cuentan cómo llegaron al punk, que significa el Hazlo Tu Mismx y anécdotas que les sucedieron entre 1985-1989, cuando el punk era de galladas, notas y barrios. Medellín ciudad punk (Episodio 2) Sinopsis: En esta cápsula audiovisual, Piedad Castro y Fabio Garrido, dos referentes de la escena, nos hablan de comienzos de los noventa (1990-1994), el Hazlo Tu Mismx y las migraciones nómadas punk que ocupan otros territorios de la ciudad.
Radios punk (Episodio 3) Sinopsis: En esta cápsula audiovisual Mónica Moreno de I.R.A. y Jorge Valencia de Suburbia, comparten su visión del punk, como viven el Hazlo Tú Mismx y el contexto de una generación dividida en diversas frecuencias con nuevos altavoces. Horizontes punk (Episodio 4) Sinopsis: En esta capsula audiovisual Carolina Montoya y Juan David Villegas (Winny), reflexionan sobre el punk en sus vidas, el Hazlo Tú Mismx y acontecimientos que les marcaron en medio de la rotunda escisión de la escena en el cambio de siglo. Puentes punk (Episodio 5) Sinopsis: En esta capsula audiovisual Analú La Feral y Camilo Gaviria “PUGA”, narran su llegada a la escena, cómo experimentan el Hazlo Tú Mismx y algunas de sus vivencias alrededor del punk como actitud ante un gusto musical (estética) profesional. 33 1/3 (micro) revoluciones punk (Episodio 6) Sinopsis: En esta capsula audiovisual Yuliana Rodríguez y Angela Torres nos cuentan sus relaciones con el punk, los significados que le dan al Hazlo Tú Mismx e historias que mezclan cultura libre e industria musical.

La historia siempre empieza por el final

El ciclo cierra en Medellín y el Valle de Aburrá, avanzando hacía el futuro. Sentir Pensar Punk, el seriado web del archivo Hazlo Tú Mismx, reúne siete cápsulas: una que presenta las narrativas transmedia del propio proyecto, y seis dedicadas a seis períodos en los que se ha historizado la escena, construidos con testimonios directos de quienes la protagonizaron y material de archivo. Es la misma posición que ya había ensayado México y Argentina en sus documentales —ni la mirada externa del periodista ni el simple testimonio suelto, sino un dispositivo intermedial que se explica a sí mismo—, solo que aquí ese dispositivo no pertenece a un director, sino a la plataforma entera.

El material con el que están hechas esas cápsulas es, otra vez, el que Botinada enseñó a tomar en serio desde la primera sesión: fotografías, publicaciones no periódicas —fanzines, volantes, todo lo que nunca fue disco pero sostuvo la escena tanto como los discos—, registros de video de eventos, actores y escenarios propios de cada momento, más imágenes de archivo de videos crudos de canales amateur para el contexto histórico general. Nada de esto es música. Todo esto es lo que queda cuando la música va a sonar o ya sonó.

Hay un gesto más interesante de las cápsulas, que tiene que ver con los archivos conexos en siete listas de reproducción que las acompañan. Las primeras seis reúnen registros hechos durante cada período, en su propio tiempo. La séptima, la que cubre 2019 a 2025, no cierra la serie: la abre. Aquí se usa como primera. Es una inversión pequeña pero decisiva, porque es exactamente lo contrario del gesto que veníamos notando en los documentales de Brasil, Perú y Chile —esa manera de hablar del punk como de algo ya terminado, mirado desde después de su declive—. Empezar por lo más reciente es negarse a contar esta historia desde el final. Es decir, antes de cualquier otra cosa: esto sigue pasando ahora, y solo después vamos a ver de dónde viene.

Cada uno de esos registros, periodo por periodo, deja ver algo que ninguna síntesis puede reemplazar: las prácticas predominantes de la escena, el estilo que se impuso en cada momento, la materialidad concreta de los espacios donde todo esto ocurrió. No es repositorio pensado solo para mirar hacia atrás —está hecho, dice el propio proyecto, tanto para quienes hacen parte de la escena hoy como para quienes la van a investigar mañana—. Presente y futuro, en la misma frase, sin pasado que los separe.

Después de recorrer São Paulo, Lima, Santiago, Buenos Aires y Ciudad de México —mapas prestados de escenas que tuvieron que pelear, cruzar fronteras o esperar a que el mercado las alcanzara— el ciclo no termina resumiendo lo que se vio. Termina devolviendo esa misma mirada sobre la ciudad que ha estado mirando todo este tiempo. Sur-terráneo prometía, desde su nombre, una cartografía que corría por debajo, conectando sur con sur. Sentir Pensar Punk es el punto exacto donde ese túnel sale a la superficie en casa, y sale empezando por la tierra que todavía se está removiendo.

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La Ciudad Graffiti

El arte urbano no es solo decoración, es memoria, crítica y resistencia

¡ALERTA POR CENSURA! 40 creadores y gestores de arte urbano solicitan una reunión urgente con el Alcalde de Medellín Federico Gutiérrez, los museos y la academia para frenar el borrado de murales.

Desde Comunigraff emitimos una alerta urgente para detener la censura y la peligrosa estigmatización que perfila a nuestros artistas y pone en riesgo inminente sus vidas en las calles de Medellín. Como gremio de creadores y gestores, hemos solicitado formalmente un reunión directa con el Alcalde de Medellín, bajo la mediación de las instituciones museísticas y académicas más representativas de la ciudad para garantizar un debate técnico que culmine en la reglamentación definitiva del Acuerdo 010 de 2020. 

Es imperativo que como ciudad nos unamos para proteger la palabra gráfica en la calle; por ello, los instamos a leer en detalle y multiplicar en todos sus grupos de difusión este comunicado, reafirmando que nuestras obras no son un simple adorno estético, sino el megáfono inagotable de una sociedad que se niega a ser silenciada con pintura gris.


Cultura Punk en Medellín

México Capital Punk, la historia NO definitiva del punk mexicano 


Director: Lalo Cráneo
Sinópsis: Documental que ofrece un panorama general de la historia del punk en México. Explora los orígenes y evolución del movimiento punk a través de las voces y experiencias de sus protagonistas. El documental aborda temáticas como la aparición de las primeras bandas, la evolución del estilo y la vestimenta, la relación de la escena punk con movimientos sociales y políticos, y la represión policial que ha enfrentado.
Año: 2016


La frontera se cruza dos veces

México Capital Punk nació como tesis de grado —se filmó entre 2015 y 2016, se estrenó en 2017— y terminó siendo otra cosa: un documental dirigido por Eduardo Gómez, "Lalo Cráneo", que no habla desde la academia ni desde la pura militancia de escena, sino desde un lugar intermedial, interticial. No es la mirada externa de un periodista ni el testimonio puro de quien solo vivió la escena: es la mirada de un punk que además hizo el camino académico, y que usa esas herramientas para analizar sistemáticamente un mundo al que pertenece de origen. Si en la sesión anterior la clave era que el relato viniera de adentro, aquí el relato viene de adentro y además sabe nombrarse a sí mismo. Es una frontera que este documental cruza antes de que empiece siquiera a hablar de fronteras.

Y habla, sobre todo, de una frontera literal. Hasta ahora, en Brasil, Perú y Chile, el patrón se repetía: quienes tenían acceso temprano al punk eran las clases media y alta, las que podían viajar. México rompe ese guion porque comparte límite con Estados Unidos, y fueron jóvenes de sectores populares —los que cruzaban como mojados, trabajaban del otro lado y volvían cada diciembre— quienes trajeron la música de primera mano, no las élites. Conocían la movida subterránea gringa desde adentro, por ser también clase trabajadora allá, y la repartieron entre los suyos al volver. La ironía es que las primeras bandas mexicanas de los 70 siguieron siendo de clase media y alta, porque seguían siendo los únicos con acceso a instrumentos y formación técnica: la frontera cambió quién traía la música, pero no de inmediato quién podía tocarla.

El resto de la cronología confirma esa cercanía geográfica como motor: la escena subterránea se consolida a comienzos de los 80, y Tijuana —con bandas como Solución Mortal— tiene acceso directo a la cultura punk de California y se vuelve, además, puerta de entrada para los fanzines. La frontera vuelve a aparecer, esta vez adentro del propio país. Después viene el terremoto de 1985, que en lugar de dispersar la escena la consolida: se arman redes, colectivos y pandillas grandes a partir de la misma precariedad que el desastre dejó al descubierto. Es el mismo patrón que ya vimos en Brasil y aquí en Medellín: donde a falta infraestructura, la escena construye la suya.

También construyó su propia estética a partir de lo que sobraba: ropa de basurero y de segunda mano, personalizada con pintura de tela y accesorios propios, en un ejercicio de bricolaje que reinventó el punk del primer mundo con material residual del propio barrio (Algunos adoptaron también prácticas autolesivas asociadas al punk británico, parte de un paquete estético que llegó junto con la música). La represión policial y la estigmatización del rock —agravada, en el caso del punk, por las políticas de control de pandillas y la consideración como la basura de la sociedad— empujaron a estas primeras generaciones hacia la organización y la politización, el mismo camino de los punks en otras latitudes. El Museo del Chopo, junto al tianguis que todavía funciona en Ciudad de México, les dio un espacio institucional sin quitarles su carácter alternativo, y ayudó a consolidar procesos organizativos que ya venían de las auto publicaciones, periódicos y fanzines.

Ahí está, quizás, lo más interesante de esta sesión: los fanzines circulaban información y tejieron una red continental. La revista Amor y Rabia articuló escenas punk de toda América Latina; la campaña de boicot a los 500 años del mal llamado "descubrimiento" fortaleció esos lazos; colectivos como Cambio Radical Fuerza Positiva conectaron las escenas locales dentro de México. Y en esa misma conversación sobre fanzines, el documental se detiene en la cultura del Hazlo Tú Mismx y su peso histórico en la escena. Lo que describe esta película es la historia de una escena que ya estaba tejiendo, con sus propias manos y sin esperar a nadie, la misma cartografía continental que este ciclo intenta trazar hoy desde una pantalla.

México cruzó la frontera dos veces: primero para traer el punk hasta acá, después para poder contarlo con las herramientas de las comunicaciones y las humanidades sin dejar de hablar desde adentro. Las dos veces, cruzar fue un gesto artístico, estético y político.

Cultura Punk en Medellín

Memorias subterráneas: Desadaptadoz


Para mí hay pocas bandas que trascienden la música. Y las que lo logran, se convierten en lugares de encuentro, en bibliotecas humanas, en entornos seguros, en formas de comprender una época. Desadaptadoz es una de ellas. Y desde niño, me han transmitido ese sentir y pensar habitando la contradicción como un legado.

Hablar de Desadaptadoz es nombrar el barrio y la comuna Castilla, es nombrar las galladas, los sollis y las caminatas, es reconocer una referencia obligada del punk rock medellinense. Es ante todo, agradecer a un proyecto cultural que durante casi cuatro décadas ha acompañado la historia de las culturas subterráneas de Medellín y Colombia, dejando una huella que también dialoga con el rock y el punk de América Latina.

Su historia comenzó en una ciudad atravesada por la violencia, donde la muerte parecía ocupar todos los titulares. Mientras Medellín contaba víctimas, desde los barrios populares surgían otras formas de nombrar la realidad cruda y cloaca que vivimos, esto siempre me trae al recuerdo su canción "Llamando a Medellín". En ese contexto, Desadaptadoz encontró en la música un lenguaje para hablar de la rabia, la amistad, la dignidad y la resistencia, convirtiendo cada ensayo, cada concierto y cada canción en una forma de permanecer, de huelga, de lamentos de suburbio.

El fanzine Desadaptadoz: 39 años recoge ese recorrido desde un lugar profundamente humano, la sonrisa y la pluma de "Caliche", un gran artista, activista, escritor y gestor del barrio. Como advierten sus primeras páginas, no pretende ser una biografía oficial ni construir un monumento alrededor de la banda. Su apuesta es otra: hacer memoria, seguir la senda de la auto publicación que nos ha marcado tanto. Recordar a quienes hicieron parte del camino, a quienes ya no están físicamente y a quienes continúan presentes en las canciones, en los afectos y en los barrios donde esta historia comenzó.

El fanzine reivindica el valor de la rememoración y de las memorias como una práctica cotidiana. Nos recuerda que las escenas musicales también producen archivos, afectos y formas de comprender la ciudad; que detrás de cada disco, cada volante fotocopiado y cada concierto autogestionado existen redes de solidaridad que hicieron posible una cultura independiente cuando casi nadie apostaba por ella.

Leer este trabajo también es recorrer una parte de la historia del punk en Medellín. Es reconocer cómo Castilla se convirtió en uno de los territorios fundamentales para la consolidación de una escena que encontró en el Hazlo Tú Mismx una forma de crear, organizarse y resistir. Desde allí, Desadaptadoz ayudó a construir una identidad que desbordó las fronteras del barrio para dialogar con escenas de todo el país y de América Latina.

El gallinazo que atraviesa el fanzine resume bien esa intención. Considerado por muchos peste, basura o anuncio de muerte, para el punk y Desadaptadoz es un guardián de las memorias que la ciudad suele olvidar. Sobrevuela los márgenes, acompaña los recuerdos y nos recuerda que hay historias que siguen vivas porque todavía existen personas dispuestas a contarlas.

En tiempos donde la memoria suele reducirse a efemérides o aniversarios, publicaciones como Desadaptadoz: 39 años demuestran que los fanzines continúan siendo una herramienta imprescindible para documentar las culturas subterráneas desde sus propias voces, capacidades y medios. Son archivos de la autogestión, documentos de una época y testimonios de una forma de hacer cultura que nunca esperará el reconocimiento institucional para existir.

Gracias a Desadaptadoz por estos 39 años de música, amistad, coherencia y resistencia. Y gracias por recordarnos que, mientras haya alguien dispuesto a escuchar, cantar, escribir o fotocopiar una historia, el punk seguirá siendo mucho más que un género musical: seguirá siendo una forma de hacer cultura, arte, memorias y resistencia desde abajo.

Cultura Punk en Medellín

El Parakultural (1986-1990)

 
Dirección: Natalia Villegas y Rucu Zárate
Sinópsis: Documental sobre El Parakultural, el mítico lugar de la escena under post-dictadura de Buenos Aires, Argentina. Este teatro era un lugar que nunca tuvo requisitos para ingresar, estaba abierto para todo el público. Cobijó a freaks y marginales, y alentó una producción cultural que nunca hubiera tenido otro lugar más que ahí. Se convirtió en uno de los principales epicentros del punk porteño en la segunda mitad de los 80, con el regreso de la democracia. 
Año: 2021


Lo subterráneo que no cerró

Todas las sesiones anteriores de este ciclo recorrieron una ciudad para explicar cómo nació una escena: muchos espacios, muchas bandas, muchos actores cruzándose en un mismo mapa. Esta sesión hace justo lo contrario. En 1986, Omar Viola y Horacio Gabin alquilaron un sótano en la calle Venezuela 336 para que actores como Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese o Las Gambas al Ajillo tuvieran dónde probar de noche. La escena llegó después, casi por accidente, cuando decidieron invitar público a esos ensayos. Es la misma lección que ya había dejado Botinada en la primera sesión: alguien tiene que abrir la puerta antes de que exista una escena que la cruce. Lo que en Brasil hicieron los organizadores de conciertos y los dueños de estudio, en Buenos Aires lo hicieron dos personas que solo querían un lugar para ensayar teatro.

Ese sótano se volvió, en plena resaca de la dictadura y estreno de la democracia, el paradigma de la cultura underground porteña: teatro, rock, artes plásticas no convencionales y bandas de punk conviviendo bajo el mismo techo húmedo. El punk tenía su propio horario, heredado del Café Einstein: los domingos, bajo el nombre de "Domingos Paramusicales", tocaban Los Violadores, Todos Tus Muertos, Comando Suicida, Flema, Los Corrosivos, mientras Sumo rondaba el lugar con Luca Prodan como habitué y el propio Gabin salía a tocar con su banda improvisada de punk. El metal, en cambio, apenas tuvo un lugar: una sola noche, en diciembre de ese año, tocó V8, y quedó en la memoria como uno de los shows más intensos que se recuerdan (al punto de que el público arrancó las rejas de las ventanas para poder entrar).

El Parakultural no se pensó para el punk. Nació como espacio para excluidos y fue el punk el que lo tomó como propio, sumándose a una diversidad musical que convivía sin demasiada jerarquía entre géneros. Ahí aparece, de hecho, el parentesco más inesperado con Medellín: el circo callejero y el clown, prácticas que rara vez se nombran junto al punk pero que comparten con él el mismo territorio de precariedad, cuerpo expuesto y confrontación directa con un público que puede aplaudir o irse. Un parentesco que en Medellín también existe, aunque casi nunca se lo señale.

Hay algo que este sótano tiene y que las escenas de Lima o Santiago, según lo que vimos, no tenían en la misma medida: cuerpos que se ponían en juego más allá de la música. Las Gambas al Ajillo eran cuatro mujeres al frente de un espacio donde la presencia femenina, lejos de ser mínima, fue protagónica; y el trío que formaban Barea, Urdapilleta y Tortonese hacía de la puesta en escena de géneros no binarios y sexualidades disidentes el centro mismo de su propuesta. Si en Lima el puente fue entre estratos, en el Parakultural el puente fue entre el cuerpo que actúa y el cuerpo que mira: terminada la función, artistas y público se abrazaban en el mismo sótano.

A diferencia de los documentales anteriores, el punk es algo vivo, cambiando, latiendo. El local de Venezuela cerró en 1990 cuando el sindicato de porteros compró el edificio; el Parakultural, en cambio, no cerró: mutó. Pasó por el Galpón del Sur y por un "New Border" en Chacabuco, sobrevivió a la muerte de Batato Barea en 1991, y en algún momento sus fundadores descubrieron el tango. Hoy, casi cuarenta años después de aquel sótano, la Milonga del Parakultural sigue funcionando en Salón Canning y su pista es considerada una de las mejores de Buenos Aires para bailar. "Me hago mierda, pero llego", gritaba Omar Viola arriba de ese escenario: la frase podría ser el lema de una escena que nunca terminó de cerrar, solo cambió de ritmo.

Esa es, quizás, la diferencia de fondo con Brasil, Perú y Chile. Aquellos documentales narraban escenas que la propia historia había clausurado —el declive comercial, el cambio de siglo, la pérdida de interés—, y por eso hablaban desde la nostalgia. Este, en cambio, está armado con el testimonio directo de quienes todavía pueden contarlo: Omar Viola, Horacio Gabin, Fernando Noy, Leo de Cecco de Attaque 77, Félix Gutiérrez de Todos Tus Muertos, entre otros, hablando en primera persona frente a cámara. Es, sin proponérselo, la historia oral presente. Y es también, sin proponérselo, la prueba de que lo subterráneo —lo sur-terráneo— no necesita morir para seguir existiendo: le basta con cambiar de nombre. En suma, lo que distingue a este documental es ese el relato construido por la propia gente que hizo la escena: sus valores, sus conflictos, sus dudas.

Esa mirada interna es la que permite ver algo que ningún documental del ciclo había puesto en el centro: la cultura under como un asunto entre amigos antes que entre cliente y proveedor. Ahí no había contratos, había comunidad; y esa lógica se extendía incluso a quienes, en la práctica, terminaban actuando como empresarios de la cultura, sostenida por una ética horizontal con las bandas que llegó a organizarse formalmente, como en la cooperativa de clowns que el propio grupo fundador construyó. Es un rasgo que se reconoce de cerca: lo cooperativo y lo colectivo, tan interiorizado en el trabajo cultural subterráneo de Buenos Aires, sigue visible años después en 2005, por ejemplo, en una cooperativa de bandas armándose con la misma lógica en la capital de Argentina.

Al final, el documental no necesita contextualizar, sino aprovechar todos esos vestigios de video que se hicieron sin pretender que serian las piezas para contar una historia completa: le basta con quedarse en los archivos para ver pasar a la gente, las bandas, los conflictos, los géneros que se cruzan y a veces se pelean. Este documental se queda en un solo sótano porteño y deja que sea el tiempo y la palabra, los que haga el recorrido.