Medellín ha trazado un camino cultural propio, distinto al de otras ciudades del país. Su historia artística se ha construido desde la autonomía, dejando huellas como las Bienales de Coltejer (1968, 1970 y 1972), que marcaron un precedente al propiciar diálogos nacionales e internacionales y fortalecer la crítica, el coleccionismo y la educación artística.
Inauguración de Latidos callejeros por Daniel Escobar, director Agencia APP y Ana María Portilla de la Galería Somos y Casa Loma, operadores de la exposición. Centro comercial Palacio Nacional. Fotografía: Víctor Jiménez. 30 de octubre de 2025.
Cincuenta y tres años después, la ciudad retoma ese espíritu creativo con la Primera Bienal de Graffiti y Arte Urbano – LATIDOS, un espacio que articula prácticas académicas, expositivas y pedagógicas en torno a una comunidad que, por más de tres décadas, ha transformado el espacio público con color, formas, estilos y conceptos propios del graffiti y del arte urbano local.
Asistentes en la inauguración de la exposición Latidos callejeros. Centro comercial Palacio Nacional. Fotografía: Víctor Jiménez. 30 de octubre de 2025.
La Bienal se estructura a partir de intervenciones en gran y mediano formato, con la participación de artistas locales e internacionales, y con el acompañamiento de festivales y escuelas que han contribuido al fortalecimiento del movimiento del graffiti y del arte urbano en Medellín. Estas acciones se complementan con actividades orientadas a construir la memoria de esta práctica, a través de tres ejes curatoriales transversales: la libertad creativa, la memoria, el territorio y la identidad, y los muros hablan. La galería del Palacio Nacional abre sus puertas para visibilizar los procesos de artistas que dialogan con los lenguajes y símbolos del arte urbano. Cada obra se concibe como una postura frente a la sociedad, celebrando la diversidad de estilos, técnicas y narrativas que configuran la vitalidad de esta escena.
De izquierda a derecha: Juan David Quintero (líder curatorial), Santiago Arboleda "Numak" (director artístico) y Wilmar Martínez (coordinador) del equipo de Arte Urbano de la Agencia APP y la Bienal Latidos. Centro comercial Palacio Nacional. Fotografía: Víctor Jiménez. 30 de octubre de 2025.
Con la participación de 31 artistas locales, la Bienal busca fomentar nuevos públicos y dinámicas de circulación, llevando el graffiti y el arte urbano al ámbito galerístico como un gesto de reconocimiento y legitimación dentro de las prácticas contemporáneas del arte.
Artistas y escritores
AMBS
BICHO
BITTERSWEET
BRICK J
CADI
CERESO MONKEY
CHOSEN
CRAZY SAMZ
DELIRIO
EL BAROW
EYES
FATEONE96
FIGUEROA INFINITO
FIRE
FISH CORROSCO
FLUFFY RABBIT
LA LINTERNA
MKS
MORFE
MR SHIFO
NUKA
PAC DUNGA
PAUCAR
PEPE 96
RARÓNICA
SALVE
SCIFU
SEM
SEÑOR OK
YEE
YNCHE
De la calle al museo: graffiti, irrupción y anonimato. Centro comercial Palacio Nacional. Fotografía: Víctor Jiménez. 30 de octubre de 2025.
En el gesto de Agüd, la infancia no es un recuerdo ni un tema; es un horizonte que se impone, una pulsación transmitiendo, todavía habitándonos.
Con más de catorce años de experiencia en muralismo, pintura y procesos comunitarios, este artista colombiano imprime en el muro la verdad de lo que no se olvida: la memoria, la desigualdad, la resistencia. Su obra es viaje y territorio, pero también retorno: a los rincones donde fuimos niñas y niños, donde aún vuelven a nacer las preguntas que nadie contestó.
Desde Colombia hasta España, Brasil, México, Perú, Italia y Estados Unidos, Agüd ha intervenido muros y espacios públicos, no para adornarlos, sino para reescribirlos. En la frontera entre México y Estados Unidos, su mural se ganó miradas por lo que denunciaba —la deshumanización de quienes migran— y por lo que ofrecía —su humanidad de vuelta.
Porque en su práctica, el arte es acción: junto a comunidades vulnerables, en contextos de migración o exclusión, ha liderado proyectos donde el muralismo se vuelve vehículo de transformación y sanación colectiva.
En esos muros, pintados en escucha y en comunión, Agüd despliega su compromiso: utilizar la creación plástica como herramienta participativa, como espacio de encuentro entre generaciones que han sentido la infancia como vulnerabilidad o el mejor momento de la vida. Su trabajo junto a fundaciones y comunidades transforma las paredes en cuadernos públicos gigantes de voz compartida.
La infancia se evoca y plasma como territorio simbólico y político: territorio de derechos, de memoria, de lucha. En los barrios y zonas donde interviene el arte dialoga con la desigualdad, con la marginación, con la esperanza y la vida cotidiana de la gente.
Visualmente, su obra combina figuración con atmósferas casi oníricas: rostros de niños, expresiones detenidas, paletas de colores que evocan el polvo del camino, las estrellas, las situaciones pasando, el sol que atraviesa la grieta de un muro.
Su estética se sitúa en ese espacio híbrido entre el muralismo latinoamericano, el arte urbano contemporáneo y la intervención comunitaria: sale a la calle a inspirarse, tensiona sus ideas con los cuadros vivos de los espacios, comparte con la gente entendiendo sus necesidades y construye procesos. Lo participativo no es accesorio, es método, y quizás el corazón, la obra misma.
«A través del mural busco que la infancia no sea solamente lo que fue —la nostalgia— sino lo que podría ser: un derecho, una voz, un territorio para imaginar juntos». (AGÜD, entrevista para Infobae, 2025) infobae
Visualiza la charla virtual Pulsaciones. Conexiones y ritmos vitales, o da clic aquí
El domingo 26 de octubre de 2025, en el marco de la celebración de los 41 años del Hip Hop en Medellín, se realizó por Atómikos Crew el 3er Encuentro Memorias del Spray: El legado del graffiti en Medellín y su conexión con la cultura Hip Hop, una charla sin precedentes que reunió a voces fundamentales de distintas generaciones del graffiti local.
El evento tuvo lugar en la sede de Atómikoz y el Sindicato del vinilo en el barrio Boston de la comuna 10 La Candelaria de Medellín, y fue convocado por artistas, gestores y referentes del Hip Hop en la ciudad desde 1997, año en que crearon el grupo de rap.
En el encuentro participaron @brick.j.art (pintando desde la década del 1980), @bboymksuno (pintando desde la década de 1990), @pepegraffer_96 (pintado desde la década de 1990), y Hopaz (pintando desde la década de 2012), cuatro exponentes que han construido y sostenido los códigos, estilos y memorias del graffiti en el Valle de Aburrá.
Durante la conversación, de más de cuatro horas de duración, Checho Atómiko iba soltando preguntas, que permitieron trazar una línea de tiempo entre el pasado y el presente del graffiti en Medellín: sus orígenes en los barrios, su vínculo con el Hip Hop, las transformaciones estéticas y políticas del movimiento, y la manera en que las nuevas generaciones siguen apropiándose de la calle como espacio de expresión y resistencia.
El conversatorio fue una cita con la historia y las memorias personales de estos exponentes. Leyendas, veteranos y artistas emergentes compartieron experiencias que van desde los primeros muros hasta los actuales procesos comunitarios y pedagógicos del graffiti. El público, diverso y atento, participó en un diálogo abierto que reafirmó al graffiti como una práctica que crece cuando se construyen procesos de apropiación.
Puedes escuchar la conversación, dale play a los siguientes audios:
SonoGustoso. Episodio 4. Aborrajado de maíz, celebrando el Pacífico. ¡Podcast!
Hay platos que trascienden su condición de alimento y se convierten en eventos. El aborrajado de maíz es uno de ellos: un abrazo de comunidad que se cocina en Semana Santa y se comparte en abundancia, transformando el fogón en altar y la comida en ceremonia. En Guapi, este plato es símbolo de unión, memoria colectiva y celebración del territorio.
La cocina también es fiesta y abundancia en cada bocado. Esta verdad se hace evidente cuando llega la Semana Santa a Guapi y los fogones se encienden para preparar el aborrajado de maíz. No es casualidad que este plato se reserve para momentos especiales: su preparación requiere tiempo, ingredientes específicos y, sobre todo, la intención de crear algo que se va a compartir generosamente.
Cada grano de maíz molido cuenta la historia de un pueblo que se reúne alrededor del fogón para agradecer, compartir y recordar. Es la historia de un territorio donde el maíz llega de la tierra firme y se transforma en la sartén para crear algo nuevo, algo que solo existe en el Pacífico colombiano.
Teófila Betancurt y Marcelina Solís maestras del fogón, son sabedoras que guardan los secretos de un plato que conecta generaciones. Cuando ellas hablan del aborrajado, no recitan simplemente una lista de ingredientes y pasos. Revelan una filosofía completa sobre cómo la comida crea comunidad.
"El aborrajado es un abrazo de comunidad", dice doña Teófila con la sabiduría de quien ha preparado este plato innumerables veces, cada una con el mismo amor y la misma intención de crear algo que una a la gente. Y tiene razón: el aborrajado no se hace para comer solo, se hace para compartir con otras y otros.
Doña Marcelina complementa estos saberes con sus propios relatos, donde el fogón se convierte en altar de la abundancia. Porque hay algo ritual en la preparación del aborrajado durante Semana Santa, algo que va más allá de lo culinario y toca lo espiritual, lo comunitario, lo identitario.
Si entonamos la memoria del maíz en Semana Santa, el aborrajado es un plato que narra el territorio. El maíz representa la tierra, las siembras, la agricultura ancestral. Es un grano propio de estas tierras, que alimentó a los pueblos originarios y luego a las comunidades afrodescendientes que construyeron vida en el Pacífico.
Cuando se prepara el aborrajado, se está contando una historia completa del territorio: el trabajo agrícola, los saberes de la tierra, el conocimiento sobre cómo transformar el maíz en algo único y especial. Esta preparación no muchos procesos de alquimia y hasta magia. Es el resultado de siglos de conocimiento acumulado sobre texturas, sabores y técnicas que crean armonía. Es ciencia empírica disfrazada de tradición culinaria.
Más allá de todo esto, el aborrajado de maíz es símbolo de unión y memoria porque su preparación convoca a toda la familia. Las abuelas enseñan a las nietas cómo debe quedar la masa, ni muy espesa ni muy líquida. Las madres explican el punto exacto del aceite, ese momento preciso en que el aborrajado debe entrar a la sartén. Los niños aprenden observando, probando, ayudando en lo que pueden.
Cocinado en Semana Santa y en fiestas comunitarias, este plato marca los momentos importantes del calendario. Su presencia anuncia celebración, su abundancia garantiza que nadie se quedará sin comer. Porque esa es otra característica del aborrajado: siempre se hace en cantidad, siempre se comparte generosamente, siempre se manda donde los padrinos, siempre sobra para el vecino que llega.
Hay algo profundamente significativo en la forma como Teófila y Marcelina hablan del fogón. Para ellas, el fogón se convierte en altar de la abundancia cuando se prepara el aborrajado. No es una metáfora vacía: es el reconocimiento de que cocinar es un acto sagrado, especialmente cuando se cocina para la comunidad, cuando se prepara comida para celebrar.
El fogón es el centro de la casa en el Pacífico. Alrededor de él se cocinan los alimentos, se cuentan las historias, se transmiten los conocimientos, se toman las decisiones importantes. Cuando ese fogón se dedica a preparar un plato festivo como el aborrajado, se está creando un momento especial, un espacio-tiempo donde lo cotidiano se eleva a lo ceremonial (extra cotidiano).
Cuando Teófila y Marcelina preparan el aborrajado, cuando enseñan su receta, cuando cuentan las historias asociadas a este plato, están realizando un acto de resistencia cultural. En un mundo donde la comida rápida y los productos industrializados amenazan las cocinas tradicionales, mantener viva la preparación del aborrajado es defender la identidad.
Es decir: nosotros sabemos cocinar, tenemos nuestros platos, nuestras celebraciones, nuestras formas de crear comunidad alrededor de la comida. Es resistirse a que todo se uniformice, a que se pierdan los sabores únicos del territorio, a que desaparezcan las preparaciones que requieren tiempo y dedicación.
"Un plato que une, un sabor que celebra" no es solo un eslogan bonito. Es la descripción exacta de lo que representa el aborrajado de maíz para las comunidades del Pacífico. Cada vez que se prepara, se está celebrando: la abundancia de la tierra, el conocimiento de las abuelas, la continuidad de las tradiciones, la fuerza de la comunidad.
El sabor del aborrajado es inconfundible: la dulzura del maíz, la textura crujiente por fuera y suave por dentro, el punto exacto de sal que realza todos los ingredientes. Es un sabor que existe en espacios propios, un sabor que es pura identidad guapireña.
El aborrajado de maíz es, finalmente, una celebración en su totalidad. Celebra sus ingredientes únicos, celebra el trabajo de las mujeres que los cultivan, celebra los saberes culinarios transmitidos por generaciones, celebra la capacidad de crear belleza y abundancia incluso en contextos de dificultad.
Cuando se muerde un aborrajado recién hecho, caliente del fogón, se está probando siglos de historia, décadas de refinamiento de la receta, horas de trabajo en la preparación. Se está probando amor, comunidad, identidad y resistencia. Se está probando el Pacífico colombiano.
Mientras haya fogones encendidos en Semana Santa preparando aborrajados, mientras Teófila y Marcelina sigan compartiendo sus saberes, mientras las nuevas generaciones aprendan que la cocina también es fiesta y abundancia, el Pacífico seguirá vivo, seguirá celebrando, seguirá siendo ese territorio único donde cada plato cuenta una historia de resistencia, hermandad y alegría.
Encuentra más historias y recetas en el libro "Saberes y Sabores del Pacífico Colombiano", un documento que preserva la memoria culinaria de Guapi hasta Quibdó.
Con una trayectoria artística de más de 17 años, Worm, se ha consolidado como diseñador gráfico, escritor de graffiti y formador en la ciudad de Medellín. Muy joven empezó su exploración de la calle, el aerosol y el graffiti, con el colectivo Graffiti de la 5, y esa pasión lo llevó a desarrollar proyectos que van más allá de las paredes, su principal pasión.
Uno de sus hitos más destacados es la creación y edición de la revista de arte urbano Espacio Público con Graffiti de la 5, una de las primeras en su género en Medellín, así como del libro pedagógico-lúdico Estilos y Colores, dedicado al análisis, la enseñanza y la diversión de los estilos de graffiti, pensado para público infantil-juvenil.
Su recorrido como escritor ha estado marcado por una dedicación firme al estilo salvaje (wild style) de la escritura urbana: desde throw-ups y block letters, hasta desarrollos complejos de wild style, siempre experimentando con nuevas técnicas y soportes.
Su conocimiento de diseño gráfico ha sido clave para evolucionar en las letras, el arte urbano comercial e independiente, y para colaborar con otros artistas en comisiones y trabajos conjuntos. Worm no sólo pinta: comunica, investiga, enseña y apuesta por una vida artística que conecta estética, calle y técnica.
En sus propias palabras: “Para mí el graffiti es un salvavidas … hoy vivo netamente de hacer letras, de escribir y de hacer graffiti y murales. Pasó de ser hobby a ser trabajo” (Revista Cartel Urbano). En su Instagram @wormwh o @WormPieces se pueden seguir sus piezas, lanzamientos y proyectos editoriales.
Visualiza la charla virtual Pulsaciones. Conexiones y ritmos vitales, o da clic aquí